THE FOREVER LOVER’S.

¡THE FOREVER LOVER’S!

    Al llegar a casa, la gatita de nombre Miua, miró a Mario como quién hechiza un verano. Lo acarició y con la garrita le pidió para entrar. Una persa de colores grises, hermosísima; en las noches de luna llena salía al tejado a conjurar algún rito antiguo. Entró llena de hojas del bosque, contenta, maullando, directa a la alfombra revoló por ahí hasta saciarse de ella misma, luego se apercibió de las miradas y huyó al regazo de Mario. Miua hacía ronrón y escuchó:

    —Romeo y Julieta se escaparon en el intermedio, el circo estaba lleno, no me explico cómo dos chimpancés pudieron escapar así de su jaula?

    — Crees qué alguien los ayudó?

    —No lo sé.

    —Qué te ha pasado en la mano por Dios?

    —Nada, nada ya te contaré.

    —Tenemos un operativo de captura en marcha, se comportaron violentamente, asustaron a la gente, los directivos del circo están nerviosos. Han pedido que tiremos a matar si es necesario. 

    —Y los dardos tranquilizantes?

    —Tardan en hacer efecto. 

    Seis horas después, los encuentran dentro de las tierras de una finca. Mario tiene en la mira del arma a la chimpancé hembra: Julieta; Romeo no se deja ver. Ella, al ver a Mario corre hacía él enfurecida. Él no sabe qué hacer, pero le sigue apuntando, Julieta se acerca, más y más; demasiado. Mario detona el arma cinco veces con su dedo medio, pues ya no tiene el índice de su mano derecha. Cierra los ojos, y se ve invadido por un recuerdo entre sollozos.

    !Romeo y Julieta, the forever lover’s! Escucha dentro de sí. Mira como casi todo el circo aplaude, algunos salen a comprar comida y bebida, otros corren al baño.

    Dos hombres entretanto lo ayudan a levantarse. Entienden al de su misma especie; el trance por el que pasa. Lo palmean al tiempo que dicen:

     —Venga hombre que ya se pasa.

    —Buena puntería chaval.

    No los oye siquiera. Está frente a la chimpancé hembra que ha caído de bruces, su cuerpo está manchado de polvo y sangre. Romeo, el macho; ha huido con los disparos, un grupo de hombres se apresuran a seguirlo, los dos hombres se quedan y colocan el cuerpo de la hembra dentro de una furgoneta del circo que dice: “Somos amigos de los animales”.

    Mario aún con la mirada perdida sigue instalado en el lugar donde se reproducen los recuerdos. Mira como aparece Julieta la chimpancé por los aires con un vestido hermosísimo, isabelino, la posan en un balcón falso. Unas voces en off que no pertenecen a los chimpancés reproducen algunos diálogos. Se escucha todavía una música que envuelve la escena. Romeo la baja a la pista, bailan, él propio está con ellos vestido de fraile. Les casa.

    El numerito de Romeo y Julieta, hacía reír al público, Mario en cambio se sentía un miserable haciéndolo. Tenía que acabar un día. La jaula siempre estuvo hecha un asco total, con botellas de alcohol y cigarros que el dueño les daba para reír. Aunque él mismo colgara en la taquilla un cartel colorido: “En este Circo somos amigos de los animales”. Hoy que Romeo se comió el dedo de Mario, fue una señal clara para el hombre que les abrió la jaula en el intermedio. El mismo que palmeó a Mario y le dijo: “Buena puntería chaval.”

    Al día siguiente de mañana, antes del café, Mario recibió una llamada. Una voz ronca hablaba: —Romeo apareció ahogado en las aguas de una depuradora, cerca de la finca dónde mataste a Julieta. Dicen que se suicidó, sin Julieta no soportaba vivir. Dicen —colgó sin más—. Era el hombre.

    El circo seguirá viajando con su numerito de Romeo y Julieta, the forever lover’s, han comprado otros chimpancés, Mario no ha sido requerido, lo han despedido por maltrato animal.

    Cuando arriba a casa Miua lo espera en la puerta para entrar, maúlla es su manera de decir: ¿Por qué has tardado tanto? Está llena de hojas del bosque, el viento mueve su pelaje persa; entran, Mario le pone su ración. Va a su regazo después de comer a hacer ronrón, luego baja, y se hace pipí en la entrada.

VEKIO MENDOZA.

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